miércoles, 29 de octubre de 2008


La mística campamental, ¿forja santos, líderes o divos? Evidentemente cualquiera de los tres enunciados. Y es muy importante descubrirlo, porque en la entraña de nuestro estilo de vida está en juego nada menos que un estado de perfección de vida consagrada en el mundo.

El santo siempre es un líder y jamás un divo. El líder puede no ser santo y tiene mucho peligro de convertirse en divo. El divo jamás será santo y dejará de ser líder auténtico, porque al divo sólo le siguen masas adocenadas que halagan o buscan su propia satisfacción egoísta.

El santo no busca gobernar y menos dominar. El líder, sí. El líder busca ser adorado. El divo, mucho más. Dios creó al hombre y a la mujer en santidad: a su imagen y semejanza. Estaban llamados a ser los líderes del género humano, su cabeza. La tentación del diablo a la que sucumbieron fue la de divinizarse, ser como dioses. Quisieron ser divos. Y lo fueron: el divo es un pobre hombre desnudo.

En la Cruzada-Milicia todos estamos llamados a ser santos actualizando nuestro Bautismo. En consecuencia estamos llamados a ser líderes: unos, aun visiblemente, otros pasando desapercibidos. Líderes: Hombres reflexivos, responsables y constantes. A lo que no está llamado ninguno es a ser divo. Una institución en la que todos sus miembros hayan de disponer de su obra personal para satisfacer su liderazgo, acabaría proporcionando a sus miembros un “divismo” autodestructor que la llevaría a la ruina más absoluta.

La mayoría de nuestras actividades (campamentos y marchas, círculos y coloquios, misiones juveniles, asambleas, Jornadas, etc.) dan menos frutos porque escasean los santos, actúan sólo unos pocos líderes, y abundan los divos. Es decir, hombres desnudos, militantes parásitos.

En cuanto en una actividad un líder no va en calidad de líder (porque los mayores no le dieron ningún cargo), pasa a divo. Va allí a contemplar y a ser contemplado. Vive concentrado en sí mismo. Su formación de líder le empuja a una actitud crítica. Busca adeptos a su “divismo”.

Se puede ser un magnífico profesor, médico, jefe de empresa, literato, deportista, músico, político (en suma, eminente en su profesión) y en su entorno inmediato parecer un líder, hasta casi un santo. Pero si fuera de su ambiente se inhibe, carece del entusiasmo que pone sólo en su obra, es que es un divo. Se busca a sí mismo y no a Dios.

Termino. Creo que hay suficiente materia como para hacer un buen examen de conciencia. Todas las actividades, pero en especial marchas y campamentos se prestan mucho al divismo, o al falso liderazgo. ¡Cuidado! Está en juego nuestra santidad. La fidelidad a un carisma.
Abelardo de Armas
Revista ESTAR N° 173

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