La liturgia de la Iglesia trata al mes de febrero como un mes del tiempo ordinario, pero en el que entramos ya, —algunas de sus semanas— en el período cuaresmal a partir del miércoles de ceniza.
Esto nos lleva a que las reflexiones de «Agua viva» nos pongan en contacto con el valor reparador y meritorio de nuestras penas, dificultades, limitaciones y miserias.
Dios con las penas que padeció en Jesús, destruyó nuestras culpas, y por eso quiere que nosotros seamos semejantes en amar nuestros padecimientos, pues en ellos sacamos vida divina para la Iglesia, si sabemos sobrenaturalizarlos.
Por el pecado da Dios al pecado (Cf. Rm 8,3). Esto lo dice san Pablo, porque el mayor de los pecados fue matar a Jesucristo.
Y precisamente este pecado mató todos los pecados del mundo, pues muriendo Jesús, nosotros fuimos salvados.
No pensemos que Dios valora en poco el ofrecimiento de nuestras penas, nuestros males, miserias, limitaciones, ingratitudes... ya que habiendo ofrecido Jesús al Padre toda la miseria humana y habiéndola recibido el Padre con amor infinito, no puede sino amarla en nosotros, como la amó en Él.
La dificultad está en que no creemos que nuestras miserias ofrecidas puedan tener tanto valor.
No debe esto interpretarse como algo que nos lleve a jugar con el mal; a no dar importancia al pecado, la miseria, debilidad, sino todo lo contrario: Luchamos con la gracia de Dios, en ser fuertes en la prueba, pero tanto en el triunfo como en la debilidad no nos engreímos, ni desalentamos. Él está ahí y me ama. Ten confianza.
Teníamos una deuda y Él salió fiador de esa deuda. La pagó y la pagó con su sangre. Tengamos esto siempre presente: Así ni nos engreiremos en nuestros triunfos, ni nos desalentaremos en nuestros fallos. Mira en todo a la Virgen. Ella te alentará pues es Madre de Cruz y Resurrección.
Dios de mis manos vacías,
que de nada me creaste,
y eternamente me amaste
aun cuando yo no existía.
Antes de que yo naciera,
esperanzas te infundiera
que con amor pagaría
el amor que en mí pusieras.
Mas el pago que te di
fue el de mis manos vacías,
mas el pago que te di
fue el de mis manos vacías.
No por eso te rendiste.
De más gracias me colmaste,
y nuevamente vacías
las manos en mí encontraste.
Mas tu Amor, que nunca acaba,
nuevas gracias concebía
y al fin venciste, Señor,
y al fin venciste, Señor.
Pues en mis manos vacías
puse tu propio dolor,
mis miserias y mi nada,
y Tú pusiste tus 1lagas.
Manos así transformadas
colman todo de Tu amor;
ya no las tengo vacías
las ha llenado mi Dios.
En Madrid, en el Museo del Prado, existe un cuadro de Murillo titulado «La Virgen de la faja». Hay una copia bellísima en los Jesuitas de Villagarcía de Campos. No me canso de contemplarlo.
Tiene la Virgen al Niño sobre sus rodillas, y le contempla con grandísima ternura al tiempo que lo está fajando en pañales limpísimos. El Niño tiene los bracitos abiertos en cruz, y de sus ojitos se desprenden unas lagrimitas que corren por las mejillas.
Os brindo este cuadro como tema de contemplación y meditación.
Ese Niño, antes de ser Cristo, Verbo hecho carne, era Verbo Luz y Vida. Él palpitó ya en las almas buenas; en los Patriarcas, en los Profetas, en la Ley antigua y en toda la Escritura, pues Él es la Palabra que existía desde el principio. Por Él fueron hechas todas las cosas. Actuaba en forma oculta pero real. Todo lo llenaba de vida, de virtud, de belleza y de amor. Todo lo presidía.
Antes de nacer de la Virgen María, la Sagrada Escritura nos lo concebía mentalmente por el Espíritu, y los Profetas nos lo dieron oralmente a luz anunciando dónde nacería, de qué familia, cómo viviría y cómo moriría.
La grandeza del Niño de Belén está en que es la Palabra de Dios total. Nos lo da la Virgen en toda su plenitud. Verbo de Dios en parto corporal. Pero es el mismo y único Verbo. Él abarca toda la eternidad, la Creación, la Encarnación, el Calvario y la Resurrección. Él es Jesús, Hombre Salvador, Cristo, el Señor. Él es grande como lo anunció el ángel.
Lo maravilloso es que este Niño de bracitos abiertos y lágrimas en sus ojos, está en mí por la gracia, habita en mí, actúa en mí, ama en mí. Lentamente y silenciosamente me transforma en Él. De Él vivo, vivimos todos; aunque muchos no lo sepan; respiro, gozo y lo saboreo. Es Cabeza del Cuerpo Místico y nos rige y dirige. Es Corazón y nos vivifica y vigoriza. No hay una sola gracia que no sea presencia y actuación de Jesús. En todo acto bueno palpita un latido cristiano. Sin Él nada podemos. Y está vivo. Vive hoy, no como un recuerdo, sino en una deslumbradora realidad. Hoy como ayer y por siempre sin fin.
El Niño de Belén es todo el amor de Dios para los hombres. ¿Quién temerá acercarse a este Niño que se nos da en manos de una Virgen?
Este Niño vive un drama excepcional. Sabe la muerte que tendrá en Cruz, los años que vivirá, los sufrimientos suyos y los que padecerá en sus miembros. Conoce lo que nosotros no podemos conocer. ¿Quién podrá penetrar en el corazón y los sentimientos de este Niño? Él contempla el pasado y el futuro. En Él se dan cita el dolor máximo y el máximo amor. Y todo esto, como dice San Ignacio en su contemplación del Nacimiento, por mí.
Ante esta Luz que todo lo transforma en Vida, ¿podremos vivir una Navidad en tinieblas? Y toda la vida es Navidad, porque Cristo Jesús nace, vive y se perpetúa en mí por el bautismo.
Santa María de Belén, Madre silenciosa del Verbo que calla, ama y espera, hazle crecer en nuestras almas; así Él, que puso en paz todas las cosas, hará llegar la paz que buscan todos los hombres de buena voluntad.Contemplemos la escena para entenderlo:
Después que Jesús permitiera a la «legión» de demonios que se albergaban en aquel endemoniado de Gerasa, introducirse en una piara de dos mil cerdos, y éstos se perdieran acantilado abajo y se ahogaran en el mar, los porqueros comunicaron el portento ocurrido, y las gentes de aquellas tierras gentiles vinieron a rogar a Jesús que abandonara la comarca. Preferían sus cerdos a tu presencia, Señor. Siempre has estorbado allí donde los bienes materiales se sobreponen a los espirituales.
Ahora, como otro día en Nazaret, pasando por en medio de ellos te alejas.
Fue entonces cuando el geraseno que había estado endemoniado te rogaba le admitieras entre los tuyos, porque —San Marcos señala este rasgo— quería estar contigo. Es decir, aquello para lo que un día elegiste a tus Apóstoles.
Más Tú se lo impediste diciéndole: «Ve a tu casa, a los tuyos, y entérales de cuanto el Señor ha hecho contigo, y cómo tuvo misericordia de ti».
Entendiendo tu drama, tu dolor, aquel hombre renunció a su vocación de seguirte y se fue a hacerte presente a los suyos, las estructuras mismas en que eras rechazado. Nacía con él el apostolado seglar. La cristianización de las estructuras desde dentro. El laico apóstol entre los laicos. Y lo más grandioso de esta misión es que nacía de tu voluntad de Dios, no del que había estado endemoniado y ahora estaba en su sano juicio.
El apostolado de los laicos es la misión más urgente de los tiempos modernos. Hoy hacen falta millones de apóstoles laicos. Hombres y mujeres que se entusiasmen con la ingente tarea de evangelización que se les presenta. Es una misión sublime, enormemente atractiva para quien generosamente desee sufrir por Cristo y gozar en Cristo. Los tiempos que vivimos gritan que ésta es nuestra hora. La hora de los laicos. La hora de hacer presente a Cristo y su Iglesia allí donde se les rechaza, y lo que es más, se les desprecia.
El mismo Cristo es quien nos urge esta consigna de ir a los nuestros, los de nuestra casa, los de nuestro ambiente de trabajo, estudio, diversión, y a todo el amplio marco de realidades sociales en que nos desenvolvemos.
En medio de esas estructuras temporales, Jesús no tiene otros portavoces de su Evangelio que nosotros. No tiene otra boca para anunciar su Verdad que la nuestra. Ni otros ojos para mirar que los míos; ni pies para caminar sino los míos; ni otras manos para hacer el bien que las mías, ni otro corazón para amar que el mío. Por consiguiente, Cristo necesita estos apóstoles laicos, insustituibles misioneros en su mundo de cada día. Si existen estos misioneros habrá vocaciones sacerdotales. Sin ellos, ni se suplirá la ausencia del sacerdote, ni el sacerdote será capaz de suplirlos en un ambiente que ni es el suyo ni lo admite. Cuando la vida divina sobreabunde en los seglares, Dios mismo les proporcionará tantos ministros de los sacramentos cuantos necesiten.
El apostolado seglar es exigencia de Cristo por nuestro bautismo. Y es exigencia de cuantos nos rodean y padecen la indiferencia, la desorientación, la duda, la tristeza de vivir sin fe. Y reclaman nuestra ayuda, nuestro apoyo, nuestro amor y comprensión. En suma, la comunicación de las misericordias que el Señor ha tenido con nosotros.
El pasaje de San Marcos que estamos comentando acaba de una forma muy singular: «Y se fue y se puso a publicar por la Decápolis (diez ciudades griegas) cuanto Jesús había hecho con él, y todos se maravillaban». Es decir, que Cristo mismo iba en aquel hombre que anunciaba las misericordias del Señor. Por eso se maravillaban, como de la predicación del Maestro. Su palabra y su vida eran palabra de Dios y vida transformada en Cristo. DE endemoniado atado entre cadenas que habitaba en los sepulcros y golpeaba su pecho con piedras, pasó a ser Evangelio vivo. La fuerza de su predicación nació de que las misericordias del Señor, realizadas en él, Jesús quiso prolongarlas en aquella comarca donde se le rechazó a causa de una piara de credos. El Amor no es amado. Pero sigue amando y buscando a quienes le rechazan. Y de eso él, el endemoniado convertido en apóstol laico, era fiel testigo.
Que la Virgen Reina de los Apóstoles colme de gracias a quienes sigan e imiten a este precursor del apostolado seglar.
Viajo en tren de Burgos a Valladolid. El vagón prácticamente vacío. Entre las pocas personas que viajan conmigo, va un hombre que aparenta menos de cuarenta años. Parece inquieto y pasea con frecuencia de uno a otro extremo del vagón. Yo voy rezando el rosario y al terminarlo me dispongo a leer. Se me acerca y se sienta a mi lado interrumpiéndome.
- Eso de viajar es horrible, se me hace interminable y me pone nervioso.
- Es cuestión de tomarlo con calma, le digo yo. El tren no corre más porque nosotros tengamos prisa. Además la prisa mata el amor y es malo, ¿no le parece?
- Yo siempre ando aprisa, me dice.
- Pues entonces tendrá poca paz.
- ¡La paz! Pero, ¿Cómo puede uno encontrar paz en este mundo? Dígame usted si lo sabe.
- Creo que es cuestión de saberse poner cada uno en su lugar. Somos menos importantes de lo que nos creemos. Por eso, unas veces nos preocupa el pasado, o nos inquieta el porvenir. Y la vida es más sencilla cuando la reducimos al momento presente. El ahora es lo único cierto que tenemos en nuestras manos. El pasado se fue, déjelo usted abandonado a la misericordia de Dios. El futuro es incierto, no sabemos si lo vamos realmente a vivir, póngalo en la confianza de Dios, que es el Padre providente. Y el ahora, déselo al amor y tendrá paz.
- Yo seré incapaz de eso. ¿Es usted cura?
- No señor, soy un peatón como usted. Pero eso sí, procuro ponerme en mi lugar, saberme criatura y no creador. Esto produce mucha paz siempre.
- Ya la querría yo. Mire usted, me paso muchas noches sin dormir. Yo luego me desespero porque veo que no rindo en mi trabajo.
- Tendría que esforzarse un poquitín por ponerse indiferente ante las cosas, le digo.
- Y eso, ¿cómo puede hacerse?
- Verá, perdemos la indiferencia o por algo que no tenemos y queremos conseguir, o por algo que tenemos y tememos perder. Pero eso que queremos conseguir o tememos perder no es tan importante como nos parece a nosotros. Lo que pasa es que la imaginación nos lo agiganta. Pero si lo mira usted con fe, a la luz de la eternidad, se vuelve insignificante. Pruebe usted a vivir en momento presente. Ponga ahí toda su atención. A muchas personas se les escapa la vida momento a momento sin darse cuenta. Viviendo el momento presente se vive intensamente y se goza. Por ejemplo, usted observará que en este momento yo estoy viviendo sólo para usted y usted para mí porque le ha interesado la conversación. Y está usted mucho más tranquilo que cuando paseaba por el vagón. Incluso llegará a Valladolid más descansado, porque cuando se vive solo, el "ahora" se rinde al máximo en lo que hacemos con el mínimo esfuerzo. Y cuando se está fuera del momento presente con la atención o la imaginación dispersa en mil cosas, se rinde poco o nada y queda uno cansadísimo-
- ¿Sabe una cosa? -Me dice-. Voy a Valladolid a un psiquiatra, pero creo que ya no tiene objeto mi visita.
- Sí. Tiene objeto. Posiblemente necesite alguna medicina que le ayude. Y además, como el médico estará de acuerdo con esta conversación, se sentirá usted más afirmado en sus convicciones.
- Ya hemos llegado… Y ¡qué corto se me ha hecho este trayecto!
- También a mí –le digo- y gracias a usted.
- No, a usted. No le olvidaré.
Me da un abrazo y se despide contentísimo.Por la Milicia de Santa María.
Abelardo de Armas




