lunes, 1 de diciembre de 2008

Exigencia y comprensión. «La exigencia sin amor es insoportable, pero el amor sin exigencia es rechazable, porque no educa. La exigencia exige el amor, y el amor exige generosidad hasta la donación total. El que ama pide heroísmo en sus educandos, y lo alcanza. Pero porque ama, nunca exige un heroísmo por encima de las fuerzas del otro» (7-6-1980).

 

Intuición. Posee una notable intuición para conocer el interior de un joven, descubrir su defecto dominante, saber hasta dónde puede exigirle... «En el autocar de regreso viene uno a referirme su experiencia de este día de marcha. El jefe de escuadra le ha hablado de su defecto dominante. Le ha impuesto, incluso, un plan para luchar durante la semana... Conociendo al que me habla voy pensando en que el buen deseo del jefe no ha sido acertado. Conocer a un escuadrista no es cosa fácil ni asunto de una marcha. ¡Qué difícil resulta ser jefe! ¡Qué difícil conocer a las personas!» (7-6-1981).

 

Ir por delante. Incluso físicamente. Siempre tirando del campamento en las remontadas a las cumbres. Siempre marcando un camino, una ruta, dejando unas huellas que otros han de seguir. Es la función propia de todo jefe y de todo líder. Así también en lo humano, lo apostólico, su espiritualidad...

 

Sobrenaturalizar. Formando en valores humanos, pero para remontarse a otros superiores. «Si en el campamento un papel tirado en el suelo no hiere tu sensibilidad, quizás tampoco la hiera un amigo tuyo en pecado en la ciudad». Este estilo de formar cristianos era válido por no quedarse en las nubes, sino que unía altas cotas de oración pero bajando a lo concreto. «Cuando entro en las letrinas pienso cómo le gustaría encontrar ese sitio a Jesús, y me digo: 'lo que yo no limpie lo ha de hacer Jesús'».

 

Soledad. La soledad del mando. Él, que había repetido muchas veces aquella frase escuchada a su madrina de pequeño: «las personas dan compañía, pero no quitan soledad», sabía bien lo que era la soledad por propia vocación, y mucho más desde sus problemas físicos. «Y escribo teniendo frente a mí y en mí dos grandes soledades: la inmensidad de las cumbres de Peñalara, hacia las que levanto mis ojos desde este rincón solitario en que me encuentro; y mi soledad interior compartida con Jesús mientras recuerdo los treinta y dos años pasados desde la primera vez que vine a este delicioso lugar». Soledad por todos los que ya han abandonado. «Y mis recuerdos se pierden en multitud de rostros. Pasaron, ayudaron a roturar un camino, pero el cansancio del esfuerzo realizado, las preocupaciones por otros ideales, los atractivos placeres aparentes, los desencantos por los escasos frutos obtenidos, y sobre todo el peso de la propia miseria o la tentación de la prisa y la impaciencia, les llevaron a abandonar la gran empresa a que habían sido llamados» (Cotos, 19-6-1983).

 

La Virgen. Algo más que un recurso, o que una piedad vana o juvenil. Estuvo presente siempre en todas sus alocuciones. En julio de 1991 quiso que una imagen de la Virgen del Pilar estuviera omnipresente en Gredos, y se introdujo en una grieta del granito, a poca distancia de la laguna grande. En la bendición de entronización de la imagen se había  escrito: «Derrama, Señor, tu bendición sobre esta imagen [...] para que mire con protección a todos los jóvenes que implanten aquí sus tiendas en la comunión de nuestros campamentos [...] Y Tú, Señora, Virgen montañera de las altas cimas, escondida en la grieta de la roca, desde la altura, toma posesión de este circo de Gredos y conviértelo en santuario de oración, en palestra de ejercicio asiduo y entrenamiento tenaz de nuestro estilo de vida campamental [...] Ayúdanos a escalar las cumbres eternas del Amor».

En su canción sobre Gredos había compuesto:

 

«En Gredos las nieves de cumbres

hablan de la Virgen,

y todo te grita que Ella es la fuerza

que alcanza tu paz» (Gredos, 1982).
 
Javier del Hoyo
Revista Estar N° 173

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