miércoles, 7 de octubre de 2009

"EN VERDAD TE DIGO QUE HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO" (Lc 23, 43)

Dimas y Gestas, así llama la tradición a los ladrones crucificados junto a Jesús, estaban aquel día muy contentos.

Con motivo de la fiesta de la Pascua había que liberar a un preso. Entre ellos y Barrabás la opción estaba hecha. Podían, pues, ser libertados aquel mismo día.

No fue así. La elección que se ofreció al pueblo judío fue optar por Jesús o Barrabás.

Y ahora, no sólo no había liberación sino que se anticipaba la condena de muerte. Era como para odiar a aquel nazareno. Así se deduce de los Evangelios. Tomando su cruz fueron en pos de Jesús, maldiciendo. Y maldiciendo continuaron en la cruz. Hasta que uno de ellos, —ahora le llamamos el buen ladrón—, puso los ojos en la Virgen María. Así es como yo veo su conversión.

¿Quién era aquella mujer que les miraba tan dulcemente? El había llegado a esta situación porque, sin duda, no tuvo una madre que le diera cariño. Pero ahora había allí una Madre que le miraba como si también él fuese hijo suyo. Si en el mundo había ternura, estaba, en estos momentos, sintiéndola acariciadora. No, nadie que tuviera a esta Mujer por madre, podría ser un bandido.

Volvió los ojos a Jesús. Sobre la cabeza coronada de espinas leyó: «Nazareno, Rey de los judíos». En ese momento vio cómo apoyándose en el clavo de los pies, con un gran esfuerzo se colgaba de los clavos de las muñecas, y alzando los ojos al cielo clamaba pidiendo perdón a su Padre. Un perdón que sonaba a universal. Para todos, todos. Incluso para él, un malhechor de la peor condición. Sí, en este momento supremo, era inútil justificarse. Toda la miseria de su vida estaba junto a él; él mismo era sólo eso, miseria y pecado. Y quiso proclamarlo públicamente.

«Nosotros estamos aquí justamente condenados. Pero éste, ¿qué mal ha hecho?».

Son las únicas palabras de compasión que escuchan los oídos de Jesús crucificado y dela Madre dolorosa. El corazón fatigado de Jesús y el corazón traspasado de la Virgen, latieron juntos para aquel hombre, en gratitud y bondad inexpresables.

Todo un proceso de gracias de perdón y misericordia había entrado en acción. Y a la confesión y reconocimiento de su culpa, siguió una explosión de fe en lo que todos habían negado. Aquel crucificado que tenía por trono una cruz, por manto real su propia sangre, por corona regia cientos de espinas entrelazadas; y por cetro, unos clavos, era Rey de vida eterna y Señor de todo lo creado. «¡Señor!» gritó. «Acuérdate de mí cuando estés en tu reino».

La miseria te ha hecho humilde y la humildad confiado hasta la audacia. Y la respuesta no se hace esperar. Pides un recuerdo y se te concede una herencia de hijo. «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

Desde ese hoy reinas con Cristo. Has llevado en tu carne los estigmas de la Pasión. Puedes también gritar a todos: «Con Cristo estoy clavado en la cruz y vivo yo, ya no yo, es Cristo quien vive en mí». Tú te glorías sólo en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en la cual está la salvación, la vida y la resurrección. Por esa cruz hemos sido hechos salvos y libres. En ti ha sido canonizada la confianza audaz, sin límites, en la infinita misericordia de Dios que, para un corazón contrito y humillado, jamás tiene desprecio.

Y tú, Dimas, mi buen ladrón, me invitas a descubrir en la Virgen Madre, la expresión sensible de las ternuras divinas, en donde se inician las más estupendas conversiones. Porque tus ojos fueron llevados de la Madre al Hijo. Y mirándola a Ella te encontraste con Jesús, que significa Salvador.

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