lunes, 22 de febrero de 2010

           La liturgia de la Iglesia trata al mes de febrero como un mes del tiempo ordinario, pero en el que entramos ya, —algunas de sus semanas— en el período cuaresmal a partir del miércoles de ceniza.

Esto nos lleva a que las reflexiones de «Agua viva» nos pongan en contacto con el valor reparador y meritorio de nuestras penas, dificultades, limitaciones y miserias.

Dios con las penas que padeció en Jesús, destruyó nuestras culpas, y por eso quiere que nosotros seamos semejantes en amar nuestros padecimientos, pues en ellos sacamos vida divina para la Iglesia, si sabemos sobrenaturalizarlos.

Por el pecado da Dios al pecado (Cf. Rm 8,3). Esto lo dice san Pablo, porque el mayor de los pecados fue matar a Jesucristo.

Y precisamente este pecado mató todos los pecados del mundo, pues muriendo Jesús, nosotros fuimos salvados.

No pensemos que Dios valora en poco el ofrecimiento de nuestras penas, nuestros males, miserias, limitaciones, ingratitudes... ya que habiendo ofrecido Jesús al Padre toda la miseria humana y habiéndola recibido el Padre con amor infinito, no puede sino amarla en nosotros, como la amó en Él.

La dificultad está en que no creemos que nuestras miserias ofrecidas puedan tener tanto valor.

No debe esto interpretarse como algo que nos lleve a jugar con el mal; a no dar importancia al pecado, la miseria, debilidad, sino todo lo contrario: Luchamos con la gracia de Dios, en ser fuertes en la prueba, pero tanto en el triunfo como en la debilidad no nos engreímos, ni desalentamos. Él está ahí y me ama. Ten confianza.

Teníamos una deuda y Él salió fiador de esa deuda. La pagó y la pagó con su sangre. Tengamos esto siempre presente: Así ni nos engreiremos en nuestros triunfos, ni nos desalentaremos en nuestros fallos. Mira en todo a la Virgen. Ella te alentará pues es Madre de Cruz y Resurrección.

Abelardo de Armas

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