viernes, 17 de abril de 2015

Estando en Écija hace unos años, después del desayuno retorne a la habitación para tender la cama y dejar todo ordenado, calculé el tiempo y volví al comedor… pero no vi a mi amigo. Bajé nuevamente a preparar algunas cosas más, porque ese día íbamos con Jesús e Iván a conocer algo de Madrid.

Retorné y allí lo vi tomando su desayuno. Junto a mi amigo un joven de nombre Víctor, de Bolivia. Aunque su memoria está en otra dimensión, me presenté y le dije: - Abelardo de Armas, respondiéndome: - ¡Añón!. Me quedé observándolo. Contemplando. Dentro de mí: “Por fin conozco a mi amigo, pero mi amigo no me reconoce”. Su mente no hila recuerdos, y si los tiene son puntuales, escasos y antiguos. Aquello no me dejó triste, más al contrario, bastante alegría. Ahora podía darle ese abrazo del que tanto me escribía en las cartas sin esperar a la eternidad.
Y continuaba tomando su desayuno. Me dijo, señalando a un panecillo cortado en trozos: -Esto es para ti, porque si te llamas Ángel, debes ser bueno.

Comencé a conversar con Víctor, y le decía que mantuvimos correspondencia desde 1992. Y hablamos de las canciones de Abelardo. La canción que siempre me gustó fue la del “Señor te bendigo”. Víctor decía que no la conocía, y Abelardo comenzó a cantar… le seguí con mucho agrado… Luego, Víctor decía que le gustaba otra que se llamaba “¡Oh, mi Señor!”. Y Abelardo siguió con una estrofa… Víctor le decía que siguiera, porque aquello era un buen ejercicio para su memoria. Pero no continuó. Le di las gracias… me respondió con una sonrisa: “Gracias a ti”. Y salí al encuentro con Jesús e Iván, con la alegría en el corazón y dando gracias a Dios y a la Virgen por haber propiciado este encuentro, y por eso esta foto que ves.

Aún sigo saboreando ese encuentro, queriendo repetir, pero creo que ahora será en la eternidad, donde él está más cerca que yo, pero en estos asuntos, sólo el Señor decide.

Angel Santa María