martes, 15 de marzo de 2011

Viajo en tren de Burgos a Valladolid. El vagón prácticamente vacío. Entre las pocas personas que viajan conmigo, va un hombre que aparenta menos de cuarenta años. Parece inquieto y pasea con frecuencia de uno a otro extremo del vagón. Yo voy rezando el rosario y al terminarlo me dispongo a leer. Se me acerca y se sienta a mi lado interrumpiéndome.
-          Eso de viajar es horrible, se me hace interminable y me pone nervioso.
-          Es cuestión de tomarlo con calma, le digo yo. El tren no corre más porque nosotros tengamos prisa. Además la prisa mata el amor y es malo, ¿no le parece?
-          Yo siempre ando aprisa, me dice.
-          Pues entonces tendrá poca paz.
-          ¡La paz! Pero, ¿Cómo puede uno encontrar paz en este mundo? Dígame usted si lo sabe.
-          Creo que es cuestión de saberse poner cada uno en su lugar. Somos menos importantes de lo que nos creemos. Por eso, unas veces nos preocupa el pasado, o nos inquieta el porvenir. Y la vida es más sencilla cuando la reducimos al momento presente. El ahora es lo único cierto que tenemos en nuestras manos. El pasado se fue, déjelo usted abandonado a la misericordia de Dios. El futuro es incierto, no sabemos si lo vamos realmente a vivir, póngalo en la confianza de Dios, que es el Padre providente. Y el ahora, déselo al amor y tendrá paz.
-          Yo seré incapaz de eso. ¿Es usted cura?
-          No señor, soy un peatón como usted. Pero eso sí, procuro ponerme en mi lugar, saberme criatura y no creador. Esto produce mucha paz siempre.
-          Ya la querría yo. Mire usted, me paso muchas noches sin dormir. Yo luego me desespero porque veo que no rindo en mi trabajo.
-          Tendría que esforzarse un poquitín por ponerse indiferente ante las cosas, le digo.
-          Y eso, ¿cómo puede hacerse?
-          Verá, perdemos la indiferencia o por algo que no tenemos y queremos conseguir, o por algo que tenemos y tememos perder. Pero eso que queremos conseguir o tememos perder no es tan importante como nos parece a nosotros. Lo que pasa es que la imaginación nos lo agiganta. Pero si lo mira usted con fe, a la luz de la eternidad, se vuelve insignificante. Pruebe usted a vivir en momento presente. Ponga ahí toda su atención. A muchas personas se les escapa la vida momento a momento sin darse cuenta.  Viviendo el momento presente se vive intensamente y se goza. Por ejemplo, usted observará que en este momento yo estoy viviendo sólo para usted y usted para mí porque le ha interesado la conversación. Y está usted mucho más tranquilo que cuando paseaba por el vagón. Incluso llegará a Valladolid más descansado, porque cuando se vive solo, el "ahora" se rinde al máximo en lo que hacemos con el mínimo esfuerzo. Y cuando se está fuera del momento presente con la atención o la imaginación dispersa en mil cosas, se rinde poco o nada y queda uno cansadísimo-
-          ¿Sabe una cosa? -Me dice-. Voy a Valladolid a un psiquiatra, pero creo que ya no tiene objeto mi visita.
-          Sí. Tiene objeto. Posiblemente necesite alguna medicina que le ayude. Y además, como el médico estará de acuerdo con esta conversación, se sentirá usted más afirmado en sus convicciones.
-          Ya hemos llegado… Y ¡qué corto se me ha hecho este trayecto!
-          También a mí –le digo- y gracias a usted.
-          No, a usted. No le olvidaré.
Me da un abrazo y se despide contentísimo.

Abelardo de Armas