martes, 26 de julio de 2011

            ¿Sería un disparate convertir a un ex-endemoniado en patrono del apostolado seglar? Si meditamos despacio el capítulo 5 de San Marcos, comprenderemos que sería casi una exigencia de los tiempos actuales y de todos los tiempos.
            Contemplemos la escena para entenderlo:
            Después que Jesús permitiera a la «legión» de demonios que se albergaban en aquel endemoniado de Gerasa, introducirse en una piara de dos mil cerdos, y éstos se perdieran acantilado abajo y se ahogaran en el mar, los porqueros comunicaron el portento ocurrido, y las gentes de aquellas tierras gentiles vinieron a rogar a Jesús que abandonara la comarca. Preferían sus cerdos a tu presencia, Señor. Siempre has estorbado allí donde los bienes materiales se sobreponen a los espirituales.
            Ahora, como otro día en Nazaret, pasando por en medio de ellos te alejas.
            Fue entonces cuando el geraseno que había estado endemoniado te rogaba le admitieras entre los tuyos, porque —San Marcos señala este rasgo— quería estar contigo. Es decir, aquello para lo que un día elegiste a tus Apóstoles.
            Más Tú se lo impediste diciéndole: «Ve a tu casa, a los tuyos, y entérales de cuanto el Señor ha hecho contigo, y cómo tuvo misericordia de ti».
            Entendiendo tu drama, tu dolor, aquel hombre renunció a su vocación de seguirte y se fue a hacerte presente a los suyos, las estructuras mismas en que eras rechazado. Nacía con él el apostolado seglar. La cristianización de las estructuras desde dentro. El laico apóstol entre los laicos. Y lo más grandioso de esta misión es que nacía de tu voluntad de Dios, no del que había estado endemoniado y ahora estaba en su sano juicio.
            El apostolado de los laicos es la misión más urgente de los tiempos modernos. Hoy hacen falta millones de apóstoles laicos. Hombres y mujeres que se entusiasmen con la ingente tarea de evangelización que se les presenta. Es una misión sublime, enormemente atractiva para quien generosamente desee sufrir por Cristo y gozar en Cristo. Los tiempos que vivimos gritan que ésta es nuestra hora. La hora de los laicos. La hora de hacer presente a Cristo y su Iglesia allí donde se les rechaza, y lo que es más, se les desprecia.
            El mismo Cristo es quien nos urge esta consigna de ir a los nuestros, los de nuestra casa, los de nuestro ambiente de trabajo, estudio, diversión, y a todo el amplio marco de realidades sociales en que nos desenvolvemos.
            En medio de esas estructuras temporales, Jesús no tiene otros portavoces de su Evangelio que nosotros. No tiene otra boca para anunciar su Verdad que la nuestra. Ni otros ojos para mirar que los míos; ni pies para caminar sino los míos; ni otras manos para hacer el bien que las mías, ni otro corazón para amar que el mío. Por consiguiente, Cristo necesita estos apóstoles laicos, insustituibles misioneros en su mundo de cada día. Si existen estos misioneros habrá vocaciones sacerdotales. Sin ellos, ni se suplirá la ausencia del sacerdote, ni el sacerdote será capaz de suplirlos en un ambiente que ni es el suyo ni lo admite. Cuando la vida divina sobreabunde en los seglares, Dios mismo les proporcionará tantos ministros de los sacramentos cuantos necesiten.
            El apostolado seglar es exigencia de Cristo por nuestro bautismo. Y es exigencia de cuantos nos rodean y padecen la indiferencia, la desorientación, la duda, la tristeza de vivir sin fe. Y reclaman nuestra ayuda, nuestro apoyo, nuestro amor y comprensión. En suma, la comunicación de las misericordias que el Señor ha tenido con nosotros.
            El pasaje de San Marcos que estamos comentando acaba de una forma muy singular: «Y se fue y se puso a publicar por la Decápolis (diez ciudades griegas) cuanto Jesús había hecho con él, y todos se maravillaban». Es decir, que Cristo mismo iba en aquel hombre que anunciaba las misericordias del Señor. Por eso se maravillaban, como de la predicación del Maestro. Su palabra y su vida eran palabra de Dios y vida transformada en Cristo. DE endemoniado atado entre cadenas que habitaba en los sepulcros y golpeaba su pecho con piedras, pasó a ser Evangelio vivo. La fuerza de su predicación nació de que las misericordias del Señor, realizadas en él, Jesús quiso prolongarlas en aquella comarca donde se le rechazó a causa de una piara de credos. El Amor no es amado. Pero sigue amando y buscando a quienes le rechazan. Y de eso él, el endemoniado convertido en apóstol laico, era fiel testigo.
            Que la Virgen Reina de los Apóstoles colme de gracias a quienes sigan e imiten a este precursor del apostolado seglar.

1 comentarios:

jrglne dijo...

Bello comentario sobre la vocacion de los Laicos.